VENDIENDO LEGUMBRES...Cuento por Adán Salgado

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ILUSTRACIÓN POR VIRIDIANA PICHARDO JIMÉNEZ

 

VENDIENDO LEGUMBRES

POR ADÁN SALGADO ANDRADE 

Claudine llevaba más de una hora con su puesto de legumbres, esperando a algún ocasional cliente que se acercara a comprarle, fueran espinacas, nabos, cebollas, lechugas…

Pero nada, todavía nadie se había aparecido. Esperaba vender unos trescientos gourdes, por lo menos, para sacar lo de los gastos de la semana. Ese día, quería cocinarle a Sophie, su hija, una sopa de pollo, para que tuviera leche en sus senos y que pudiera amamantar a Marie, su nieta, hija de Sophie.

Sophie estaba muy enferma del estómago, además de que, como recientemente había dado a luz a su hija, hacía un par de semanas, también eso la mantenía delicada.

Pero con todo tan caro, ni medicinas podía comprarle Claudine.

Sí, estaban muy mal las cosas en Haití. Nunca antes, en sus cincuenta y dos años, había visto algo así. Comenzando con el asesinato del presidente Jovenel, hacía un par de meses, que todos los haitianos se horrorizaron de ver cómo lo habían matado, que entraron a su casa los matones y lo balacearon en su recámara. Martine, su esposa, milagrosamente se había salvado. La habían atendido en Miami, por eso se no se había muerto. Pero, sí, había sido gravemente herida.

“Si se hubiera quedado aquí, o la matan los matones, o la matan los doctores”, reflexionó Claudine, recordando cómo, a ella misma, cuando la operaron del apéndice, años atrás, no se murió gracias a que era fuerte y a las hierbas que su comadre, la curandera, le había dado en tés. Con el “hospital”, todo insalubre, lleno de ratas, ¿qué podían esperar los pacientes pobres, como ella?

Pero eso, lo del asesinato del presidente, había sido el colmo. Varios problemas asediaban a Haití. Para empezar, tantos y tantos pobres que había. Todos sus vecinos, y ella misma, se las veían en aprietos hasta para comer. Siempre andaban pidiendo dinero prestado o algo para alimentarse.

Claudine ayudaba a varios. Por fortuna, era de las pocas que tenían un pedacito de tierra, un cuarto de hectárea, en la que sola, sin ayuda, sembraba sus legumbres. Ese año, con el huracán que había azotado al país hacía unas semanas, la tierra había acumulado buena humedad.

Gracias a tal razón, Claudine había obtenido varias cosechas de sus legumbres. Por lo mismo, era que iba más frecuentemente al “mercado”, para ver qué vendía. Y podía regalar más a sus vecinos.

Otro problema, era la creciente violencia, los pandilleros, que iban aumentando, pues muchos jóvenes, que ni estudiaban y ni tenían trabajo, veían como la opción más fácil, unirse a esas pandillas, para robar comercios, transportes de mercancías, asaltar a transeúntes…

Y como ya eran tantas las pandillas, eran frecuentes las batallas campales entre ellos, quienes levantaban barricadas en varios sitios de Port-au-Prince, para defenderse de sus rivales. Pero los “daños colaterales” eran las personas que morían a causa del fuego cruzado. Por ello, ya varias zonas de la ciudad estaban abandonadas. La gente que había vivido allí, se había ido a refugios que el gobierno y varias organizaciones habían instalado en gimnasios y escuelas, en donde, a pesar de las carencias y las incomodidades, era preferible estar, a morir cualquier día, a causa de la violencia de los pandilleros.

Era un gran riesgo pasar entre las zonas abandonadas. Quienes lo hacían, corrían serio peligro de morir entre las balas de esos inconscientes pandilleros, a quienes no les importaba si mataban a gente ajena durante sus camorras.

Pero, como quiera, hasta a eso se había acostumbrado la gente, reflexionaba Claudine. “A lo que no nos acostumbramos, es a no comer”.

Su casa, hecha de tabiques y concreto, ofrecía mejor protección contra las torrenciales lluvias que los huracanes arrojaban. Y también había resistido varios temblores. Por fortuna, su fallecido esposo, Pièrre, “que Dios tenga en la gloria”, gracias a que era albañil y que había tenido buenos trabajos, la había construido bastante bien. Le faltaba ya pintura y algunas impermeabilizaciones, pero teniendo sólo para lo necesario, de momento, Claudine no podía darse el lujo de hacer esos arreglos que, de todos modos, podían esperar.

Casi siempre, vendía más de la mitad de las legumbres que llevaba. Lo que le sobraba, lo intercambiaba con otros vendedores, por ejemplo, los que vendían pollo o puerco. O frutas. De todos modos, siempre regresaba con algo de sus legumbres. Y las usaba para preparar sus guisados o para regalarlas a sus muy necesitados vecinos.

Prácticamente, Claudine era el sostén de su hogar. El “esposo” de su hija, era un vago, que ya ni sabían de él. “Por eso te dije que no te enamoraras de ese muchacho, hija, porque son de los que nada más hacen hijos y se van”, le recriminaba Claudine cada rato a Sophie. Ésta, sólo volteaba a mirar a su hija, resintiendo, en efecto, que se hubiera “clavado” tanto con Marcus, el padre de la niña, “pero se veía tan bueno y tan cariñoso”, pensaba siempre, como consuelo a su “error”.

Los tres hermanos mayores de Sophie, se habían ido de migrantes ilegales, para probar suerte en Estados Unidos. Pero era la fecha que no sabían nada de ellos. Sólo esperaba Claudine que estuvieran vivos, no como los otros dos hijos, los más grandes, que habían sido asesinados, hacía años, durante una manifestación, por los brutos policías, que dispararon a matar a los manifestantes.

Ya era algo común, la muerte entre los haitianos, si no por enfermedad, por asesinatos, fuera por parte de la “policía” o de las pandillas.

“Pero ni a cuál irle”, reflexionó Claudine, pues se sabía de los violentos ataques que la policía propinaba en varios barrios de la ciudad, supuestamente, “buscando criminales”.

Y, sin miramientos, quemaban las casas, obligando a sus moradores a engrosar las filas de los sin casa, que debían de irse a vivir a los mencionados refugios.

Muchas  veces, esos criminales, eran hijos de vecinos, que hasta la habían ayudado, en ocasiones, con dinero. Por eso, Claudine, los prefería a ellos, que a los “policías”.

Los enjambres de moscas se paraban en las legumbres y en su cabeza, sus brazos y otras partes de su cuerpo.

Era por tanta basura acumulada en el “mercado”.

Hacía unos dos años, que una pandilla lo había incendiado y nunca lo reconstruyeron. El asesinado presidente, había prometido hacerlo, pero se llevó su promesa a la tumba, cuando lo asesinaron.

Lo que quedaba de ese “mercado”, eran unos improvisados puestos de lámina, que algunos habían podido levantar en medio de las ruinas. El resto del área, se había convertido en un enorme, insalubre basurero, en el que se mezclaban los restos quemados, con basura de todo tipo, con animales muertos, basura orgánica podrida, cajas de cartón, bolsas de plástico, girones que alguna vez fueron ropa, restos de zapatos, hierbas secas…

Y crecían las pilas de desperdicios.

Era lo que Claudine tenía atrás de ella y de su puesto. Por eso, tanta mosca la asediaba.

Su oscurísima piel contrastaba con la tela azul, rayada, de su vestido. Usaba un gorro negro, para protegerse algo del inclemente sol de verano, que quemaba. “Pero, a mí, ¿qué más me puede quemar?”, reflexionaba, con cierto sentido del humor, en vista de que su piel, “ya no se me puede quemar más”.

Se veía cansada. Últimamente, siendo ella sola el sostén de su hija y su nieta, trabajaba mucho. Entre semana, hacía limpieza, la comida, cuidaba de sus legumbres, de sus dos marranos, de su hija y de su nieta…

Y los sábados y domingos iba al “mercado” para ver qué podía vender. Era su única posibilidad de conseguir un sustento para la familia, fuera vendiendo o truecando sus legumbres.

Por fin, una mujer joven se acercó.

-¿A cómo tiene el manojo de nabos?

-A treinta gourdes, señorita

Se veía que la mujer sería trabajadora del gobierno, probablemente una maestra, pues usaba ropa decente y lucía limpia, algo raro ya en Haití, por la crónica falta de agua en muchos sitios.

-Ay… están caros…

-Se los dejo a veinte…

-Bueno, me llevo tres, señora – dijo la mujer.

Claudine tomó tres manojos y los amarró con un cordón. Se los pasó a la mujer, quien los metió en una bolsa roja, del tipo de material reusable.

Le pagó con un billete de cien gourdes.

-¿No tiene cambio, señorita?... es que apenas voy empezando.

La mujer hizo una mueca y sacó dos billetes, uno de cincuenta y otro, de diez gourdes. Se los pasó a Claudine.

-Muchas gracias, señorita, que Dios la bendiga…

La mujer hizo una seña de agradecimiento y se fue.

Claudine se sacó un pañuelo que tenía guardado en su busto. Metió los billetes allí y lo guardó de nuevo. Sintió la flacidez de sus senos. Recordó cuando era joven, lo firmes que los tenía. “Pero tantos hijos y la vida, me los fueron aguadando”, reflexionó.

Se santiguó. Era su primera venta. Esperaba que llegaran más clientes.

Sintió que le gruñían las “tripas”. Ni modo, hasta que llegara a su casa, a la que hacía alrededor de una hora caminando, e hiciera la comida, podría saciar su hambre. Si le iba bien ese día, pensaba tomar una moto, que por treinta gourdes, la llevaba hasta su casa. Pero sólo si le iba bien.

Si no, la hora de comer, se retrasaría, tanto para ella, así como para su hija y nieta.

“Que venda mucho, Diosito”, rogó.

 

 

II

 

¡Casi todo lo había vendido!

Seguramente la gente había cobrado temprano o, no sabía por qué, pero, gracias a Dios, le había ido muy bien. Tenía casi 400 gourdes, envueltos en el pañuelo, guardado en su busto, lo que un obrero se ganaba en un día. Y eso, debía de bastarle casi para toda una semana.

Sí, tan bien le había ido, que tomaría una motocicleta para irse a su casa.

Con lo poco que le sobró de legumbres, más algunos gourdes, compró unas alas y menudencias de pollo, para hacerle la sopa a Sophie. Como estaba amamantando a su nieta, aparte de estar enferma, tenía que alimentarse bien.

Recogió sus costales. La mesa y las otras cosas de su puesto, las encargaba con una amiga, que las guardaba en su local de láminas. Por fortuna, no le cobraba nada, pero, de todos modos, siempre Claudine le dejaba legumbres, “para que te hagas una sopa, amiga”, le decía.

De verdad, había sido un buen día. Y estaba agradecida con Dios y con la vida, por habérselo dado…

Esperó la motocicleta.

Escuchó varios motores de motocicletas dirigirse hacia donde ella se hallaba.

Pero, también, escuchó unas detonaciones.

¡Se alarmó!

Desgraciadamente, muy tarde, se dio cuenta de que varios pandilleros perseguían a un hombre que corría cuanto podía en su vehículo.

El tipo, perdió el control y se proyectó contra Claudine, a la que aventó y, dando un fuerte grito de dolor, cayó de espaldas, golpeándose la cabeza con una piedra del basurero…

 

***

 

Lo último que pensó Claudine, antes de morir, fue que ese día, no comerían ni su hija, ni su nieta…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

Sophie se levantó, con muchos trabajos, de su cama.

Los sollozos de Marie, ya no la dejaban descansar.

No tenía leche, así que tendría que prepararle un biberón, aunque fuera con puro té, pues ni para leche en polvo tenían últimamente.

Miró el reloj chino, que estaba en una de las paredes. Eran casi las siete.

Su madre, ya debía de haber regresado desde hacía rato.

“Debe de haberse entretenido”, pensó, mientras trataba de calmar a Marie y caminaba, con muchos esfuerzos, hacia la cocina.

Pero recordó que no tenían gas desde hacía varios meses y que, por lo mismo, su madre cocinaba afuera, en una fogata que improvisaba cada que lo hacía.

Ni modo, le daría pura agua a su chillona hija.

“Ay, Marie, hasta que llegue tu abuela y me dé de comer, te daré de mamar”, se lamentó.

Le llenó el biberón con agua, de un jarro de barro que había sobre la mesa de la cocina.

Y lo llevó a la boca de su hija, esperando, de corazón, que ésta, dejara de llorar, que nada le hubiera sucedido a su madre y que pronto estuviera de regreso…

 

FIN

 

Tenochtitlan, 3 de octubre, de 2021

(De la colección; cuentos de una sentada

Por pandemia)

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