WRONG PLACE, WRONG TIME...Cuento por Adán Salgado

 

Ilustración: Viridiana Pichardo Jiménez 

 

WRONG PLACE, WRONG TIME

(inspirada en lamentables hechos reales)

Por: Adán Salgado Andrade 

Mark Collins, les había prometido a sus cuatro nietos, que sería un “verano maravilloso”.

Los cinco, irían a pescar, remar, cazar y recorrer las rutas boscosas, cercanas a la cabaña de Mark quien, muy frecuentemente, iba allí, a pasar días enteros, confinado en la “soledad”, como le decía a Jeff, su hijo y padre de sus cuatro nietos. “Ay, padre, no sé cómo puedes estar allí, solo, sin internet, ni nada”, le pretendía reclamar Jeff. “La verdad es que me la paso muy a gusto, hijo”, le respondía éste. “Deberías dejar que los chicos, estén conmigo un par de semanas”, les había propuesto Mark a Jeff y a su esposa, Madeleine, días atrás.

La verdad era que Jeff y Madeleine, comprendían a Mark, pues, desde que la madre de Jeff había muerto de cáncer, un par de años antes, Mark se había vuelto más solitario, más taciturno. Y por eso, se la podía pasar sólo en esa cabaña, en medio de su rancho, con sus recuerdos, cazando o pescando, en el lago cercano.

Por ello, no tuvieron empacho en permitir que los chicos fueran a pasar un par de semanas con su abuelo, al que querían mucho. Además, los había estado invitando varias veces y, por uno u otro motivo, no habían podido pasársela con su abuelo en el rancho.

La mañana del sábado en que Mark iría por los chicos en su SUV Toyota, Jeff, Madeleine y sus cuatro hijos, veían las noticias, sobre los terribles sucesos que habían tenido lugar en una escuela elemental de Uvalde. Waylon, de 18 años, Karson, de 16, y Hudson y Bryson, los gemelos de 11 años, desayunaban hot cakes con tocino, que su madre, les había preparado.

-Lugar y tiempo equivocados – dijo Waylon, mientras cortaba un pedazo de tocino

-Sí… pobres chavos… – agregó Karson.

-Yo no sé qué haría, si entrara a mi escuela un mexicano con armas – intervino Hudson, quien seguía con su cachucha puesta, a pesar de que su madre le había pedido que se la quitara para desayunar.

-Pero también entran negros y blancos, Hudson – aclaró Bryson, el gemelo de Hudson.

-¡Pero son más los mexicanos que matan gente! – insistió Hudson.

-Ya, chicos, no discutan, en este país, como nadie quiere que le quiten su sagrado derecho a tener armas, pueden ser blancos, negros, latinos, asiáticos… lo que sea, los que pueden tirotear a gente – intervino Madeleine, algo fastidiada. Era abogada, y la mayoría de sus casos, tenían que ver con gente que buscaba indemnización en contra de tiroteos masivos, contra las empresas armeras, pero era raro que ganara los juicios, pues esas empresas, estaban bien amparadas y protegidas “constitucionalmente”.

En general, era más fácil obtener una indemnización de las familias de los asesinos masivos, siempre y cuando tales familias, tuvieran recursos o seguros de vida.

Jeff, sorbiendo su café, intervino:

-Es muy cierto lo que dice su madre, chicos, es muy difícil acabar con la venta de armas. Por eso, chicos como de tu edad, Waylon, pueden entrar en una armería en este estado, comprar lo que se les antoje e ir a matar a pobre gente inocente…

-Yo no lo haría – aclaró Waylon…

-Tú, no, pero ya ves a ese loco mexicano de Ramos – dijo Karson

-Aclaro otra vez, niños, pueden ser mexicanos o blancos o lo que sea – intervino Madeleine, con cierto enojo –… de hecho, han sido más blancos, los que han realizado tiroteos masivos, que otras razas.

-Pues a mí, ya me da mucho miedo ir a la escuela, papá – intervino Bryson.

-No, hijo, no podemos vivir con miedo – dijo Jeff, jefe de mantenimiento de una empresa electrónica japonesa – Además, este país es muy grande. Por mucha violencia que haya, es muy baja la probabilidad de que haya un tiroteo en su escuela

-Ay, papá, pero Bryson tiene razón, ya todos los días sabemos de un tiroteo – dijo Karson.

Jeff, sólo sorbió café, sin decir nada más. En el fondo, tenían razón sus hijos. A pesar de estar tan jóvenes, se daban cuenta de que ese país, cada día era más y más violento.

Por eso, Madeleine y él, habían consentido en que el padre de Jeff, los llevara un par de semanas al rancho, para que se alejaran un poco de la violencia.

El claxon de la camioneta Toyota de Mark, sonó.

-Muy bien, chicos, alisten sus mochilas – dijo Madeleine.

Los chicos, engulleron, precipitadamente, el resto de sus hot cakes, se levantaron, fueron al baño, a lavarse los dientes, cogieron sus mochilas, recibieron la bendición de Madeleine, abrieron la puerta y, muy contentos de que pasarían dos semanas en el rancho del abuelo, subieron al vehículo, saludaron efusivamente al abuelo y partieron rumbo al rancho…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Gonzalo López, caminaba con sigilo por entre los árboles.

La noche, estaba iluminada tenuemente por la Luna, así que no tenía mucho trabajo en moverse.

Luego de varios días de haberse escapado del autobús de la prisión, que lo iba a transportar para un chequeo médico, todavía estaba buscando un lugar en donde robar dinero, algunas cosas y un vehículo, con el cual, pudiera escapar más fácilmente a la frontera.

Estaba seguro de que sería más fácil esconderse en Durango, en su pueblo natal, Las Cruces, que seguir en Estados Unidos, en donde, de seguro, lo volverían a atrapar.

Bastante había logrado ya, con escaparse del autobús. Fue algo difícil quitarse las amarras y, luego, dirigirse hacia el conductor, con quien forcejeó y con la navaja casera que tenía escondida en uno de los calcetines, le había herido la mano. Pero pudo detener el autobús.

Luego, vino el tiroteo con otros guardias, que Gonzalo respondió con el rifle AR-15 que estaba al lado del conductor.

Milagrosamente, logró salir ileso del vehículo y esconderse en un bosque cercano, en donde corrió hasta desfallecer. A pesar de tener 46 años, gracias a que hacía mucho ejercicio en la prisión, en donde se encontraba recluido desde el 2006, todavía tenía buena condición.

Luego, caminó y caminó, hasta que anocheció.

Fue hacia una tienda, un Seven Eleven, en donde robó dinero y varios alimentos a la espantada dependienta, una mujer latina. Por fortuna, gracias al cubrebocas, le fue fácil hacerlo. Nadie se daría cuenta de que él había sido el ladrón, pues, seguramente, ya habrían boletinado su escape. Era la ventaja que había dejado la pandemia, pensaba, el uso obligatorio del cubrebocas.

Si su plan salía bien, con el vehículo que se robara, se iría hasta Las Cruces, en donde tenía a dos hermanos, quienes sabían que estaba en prisión, cumpliendo dos cadenas perpetuas, acusado de matar a un sheriff en el condado de Webb y, luego, de haber secuestrado y asesinado a una persona, de la cual, había pedido recompensa, pero como todo había salido mal, la había matado, sanguinariamente, a golpes, con un pico para cavar agujeros…

Su esposa, Rebeca, le había escrito una carta, diciéndole que se olvidara de ella y de Paco, María y Rocío, sus tres hijos, todavía pequeños. “Ya no nos busques, Gonzalo”, finalizaba la carta, la que arrugó, con coraje, Gonzalo. “Claro, pinche puta, de seguro se va a largar con el Román”, pensó. A Román, un amigo de la infancia de ella, siempre le había gustado Rebeca, pero Gonzalo “se la había ganado”…

Aunque, en su situación, era, ya, lo que menos le interesaba a Gonzalo, Rebeca o sus hijos.

Lo más importante, en ese instante, era que, efectivamente, lograra escapar de ese “mierdero” país.

Aún recordaba lo ilusionado que estaba, cuando, por ahí del 2000, cuando tenía 24 años, llegó de “mojado” a Brownsville, habiendo contraído, en ese entonces, una deuda de diez mil dólares, con los “polleros” que lo pasaron.

Pero, de inmediato, esa gran ilusión, fue rota, cuando le dijeron que tendría que trabajar para ellos o, si no, “te damos cuello, carnal”.

La venta de drogas, para el cartel de La Maña, de Tamaulipas, fue a lo que, obligatoriamente, tuvo que dedicarse Gonzalo. Atrás quedaron los sueños de trabajar como mesero, ir ascendiendo y convertirse en gerente, ganando “muchos dólares”, como le había hecho su primo Saúl, quien llevaba diez años viviendo y trabajando en San Antonio, y ya era gerente de un lujoso restaurante, ganando seis mil dólares al mes.

Y así se la pasó, por años, vendiendo drogas, evadiendo redadas, viviendo en hacinadas “casas de seguridad” de los dealers, “cogiéndose a putas”…

Casi todo lo que ganaba, se lo gastaba en alcohol, drogas para él mismo, antros, “viejas”…

Los pocos mensajes de texto, que recibía en su celular, de Rebeca, en los primeros años, pidiéndole dinero, “pues nos estamos muriendo de hambre, Gonzalo”, nunca los contestaba.

Sólo una vez, le había enviado cien dólares, pero nunca más les mandó más dinero.

Tenía pensado “enmendarse”, pero sucedió lo del sheriff, que lo detuvo en la carretera, cuando llevaba varios kilos de cocaína.

Antes de que el policía se aproximara, Gonzalo, rápidamente, salió del vehículo y le disparó varias veces, dejándolo muerto en el camino.

De allí, sabía que si lo atrapaban, por lo menos, de prisión perpetua, no se salvaría, así que ya no le importó seguir con las drogas, divirtiéndose lo más frecuentemente que fuera posible y hacer otras cosas que le dejaran dinero. Como cuando intentó secuestrar al hombre que le debía cuarenta mil dólares por drogas no pagadas. Todo salió mal y terminó matando al secuestrado, un banquero blanco, cincuentón, con un pico.

Con ese crimen, la policía pudo ubicarlo.

Y gracias a que el abogado del cartel de la Maña, le ayudó en la defensa, le conmutaron la pena de muerte, por dos sentencias de por vida. Absurdo, pensaba, que lo hubieran condenado a dos sentencias perpetuas, “sí sólo voy a vivir una vez”, le había dicho al abogado. “Pues así es de absurda la justicia, Gonzalo”, le contestó el hombre, un pocho muy hábil para esas cuestiones legales.

De todos modos, estaba agradecido, pues el hecho de que lo hubieran dejado vivir, en lugar de enviarlo a la cámara de gas, le había permitido escapar. Siempre se encomendaba a la Virgencita de Guadalupe, de la que portaba una medalla de oro, que no se quitaba en ningún momento. Le había hecho el “milagrito”…

Como, también, de que le pusiera enfrente a esa cabaña, al lado de la cual, una camioneta blanca, Toyota, estaba estacionada.

La construcción de madera, se encontraba rodeada de una cerca y muy aislada. No se veían otras construcciones cercanas.

Quizá, hasta podría estar sola, lo que le facilitaría saquearla y llevarse la camioneta.

Sí, no cabía duda, era la oportunidad que había estado buscando Gonzalo.

“Allá voy”, murmuró…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

Mark, preparaba unos bistecs asados, para la cena de esa noche.

Los chicos, estaban resignados a que allí no emplearían sus celulares, pues su abuelo, les había pedido que prescindieran de ellos, al menos por unos días. “Miren, chicos, cuando yo era de su edad, nada de eso había, no lo necesitábamos. Ahora, nos han mal acostumbrado a todos esos gadgets, como si nos fuéramos a morir si no los usamos. Por favor, vamos a demostrarles a las corporaciones, que no los necesitamos”.

Mark, ingeniero civil retirado, trataba de no ser muy afecto a los “avances tecnológicos”. Sí, tenía celular, pero no era muy moderno. Y su camioneta Toyota, ya tenía más de veinte años, pero estaba muy contento con ella, pues no le había “dado lata”.

Su laptop, era una Sony Vaio, también de varios años. “Mientras mi auto y mi laptop, funcionen, no las cambiaré”, le decía a Jeff, quien le insistía en que se “modernizara”. “Papá, con tu buena pensión, podrías traer un auto más moderno y una mejor compu”. “No, Jeff, no, tu madre, estaba de acuerdo conmigo, nada de gastos superfluos”.

Y eso lo demostraba con el acondicionamiento esencial que tenia en la cabaña, colchonetas, para cuando fueran los invitados, un par de habitaciones, además de la sala-cocina y el baño, nada de lujos.

Pero, eso, sí, tenía un armario, en donde guardaba sus cinco rifles y diez pistolas, pues, nadie que se considerara buen tejano, podía estar sin su colección de armas…

Y con los rifles, pensaba llevar a los chicos, al día siguiente, a cazar. “No hay nada más emocionante que darle certeramente a un conejo, chicos”.

Aunque Bryson, no era mucho de esa idea, pues su maestra, una afroestadounidense, les había dicho que eso de matar “animalitos, no estaba bien y, menos, por diversión”. Sin embargo, el abuelo, le había insistido en que el conejo que cazaran, “lo comeremos, te lo prometo, Bryson”…

-La cena está lista, chicos – dijo Mark, con buen volumen de voz, haciendo que todos dejaran los libros que, no de muy buena gana, habían llevado, para leer, sobre todo, libros juveniles, de Harry Poter, de vampiros y de ciencia ficción.

-Gracias abuelo – dijo Karson.

-Gracias… – dijo Hudson

-Gracias, abue… – dijo Bryson

-Gracias, abuelo, huele muy rico el asado – dijo, a su vez, Waylon, quien apreciaba bastante los guisos del abuelo, que siempre le quedaban muy sabrosos.

Todos, se reunieron alrededor de la mesa, se sentaron, rezaron, pues Mark era muy católico, y se dispusieron, con buen apetito, a cenar…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

Gonzalo, se asomó, discretamente, por la ventana.

Para su suerte, los que allí vivían, no tenían perro, por lo que le fue muy fácil pasar por debajo de uno de los barrotes de madera, de la cerca, y caminar hasta la ventana iluminada de la cabaña.

Vio a cuatro muchachos, dos de ellos, niños, y a un hombre viejo.

Estuvo un buen rato observándolos por la ventana, cuidándose de no ser visto. Aunque, suponía, por el reflejo interior de la luz, más la cortina, que aunque era delgada, sería difícil que lo vieran.

Cuando estuvo seguro de que nadie más habría, se decidió a entrar.

Había visto que la puerta principal, era de madera y no sería difícil abrirla de una patada, lo que tomaría por sorpresa a los cinco que estaban dentro. Y con el AR-15, los sometería fácilmente.

Gonzalo, se alejó de la ventana, casi en cuclillas. Luego, se irguió.

Ya estaba tan acostumbrado a actos criminales, que no le fue difícil decidirse a acercarse a la puerta, darle una patada y entrar de lleno, amenazando con el rifle a los sorprendidos, asustados inquilinos.

-¡No se muevan o se mueren! – gritó, muy decidido a todo.

De inmediato, Mark, pensando en la vida de sus nietos, más que en la suya propia, habló, algo nervioso:

-¡No nos haga nada, por favor, joven, llévese todo lo que quiera, el auto, los celulares, mi dinero, pero no nos mate, por favor!...

Eso decía, cuando se llevó la mano a uno de sus bolsillos, con la intención de sacar su cartera.

Gonzalo, desconfiado, acostumbrado a que era ese el típico movimiento que los hombres armados hacían para sacarse una pistola, sin miramientos, disparó al pecho de Mark, quien cayó muerto hacia atrás, fulminado por el disparo.

-¡Maldito asesino! – grito Waylon, quien trató de lanzarse contra Gonzalo, recordando cómo tacleaba a los otros jugadores, cuando jugaba fútbol en la escuela. Hacía pocos días, en la ceremonia de premiación a los egresados, como él, le habían dado un trofeo por haber sido el mejor jugador de su equipo.

Gonzalo, hábil, se hizo a un lado, disparándole certeramente en el cuello.

El chico, cayó sin vida

Karson, Hudson y Bryson, espantados y llorosos, por las dos repentinas muertes que acababan de presenciar, luego de eso, levantaron las manos, con tal de que el agresor, nada les hiciera.

Pero Gonzalo, sabía que era peor dejar testigos, a que puros muertos. Dirigió la mira del rifle, primero, a Karson, pues prefirió matar antes, al mayor de los tres que quedaban:

-¡No nos mate, señor, por favor! – suplicó Karson. Habría querido, como su muerto hermano, lanzarse sobre el mexicano, pero pensó que, controlándose, les respetaría la vida.

-Lo siento – dijo Gonzalo, frío, mientras accionó el gatillo, matando de un certero balazo en el pecho al incrédulo Karson, quien cayó hacia atrás, quedando abiertos sus sorprendidos ojos.

Hudson y Bryson lloraban desde hacía unos momentos, casi desde que habían visto caer muerto a su querido abuelo.

Su única reacción, fue abrazarse, ante lo que sintieron, era su turno.

Hudson, antes de caer abatido de un balazo en la cabeza, recordó que ese día, por la mañana, en el desayuno, le había dicho a Jeff, su padre, que eran más los mexicanos que mataban a gente. Ni Jeff, ni Madeleine, estuvieron de acuerdo. Pero había sido un mexicano el que lo había matado a él, sin ningún miramiento.

Bryson, el ultimo en morir, no dejó de mirar, entre sollozos, a Gonzalo, esperanzado en que tendría compasión de él.

Pero el balazo en el pecho, disparado por un inafectado Gonzalo, lo mató instantáneamente.

El mexicano, procedió, luego de la matanza, a mover, con su pie derecho, a cada uno de los cadáveres. No quería que alguno quedara vivo, no porque quisiera evitarle el sufrimiento, sino que, luego de lo cometido, no quería testigos.

Con su cruenta acción, pensó, ahora sí, sería seguro que lo mandarían a la cámara de gas.

Después, se puso a inspeccionar toda la casa. Esculcó muy bien los cadáveres, en busca de dinero y objetos de valor. Tomó todos los celulares y los apagó. Algo de dinero, obtendría vendiéndolos.

Enseguida, revisó las alacenas, tomó latas de alimentos, de bebidas. Abrió el refrigerador, de donde sacó cervezas, quesos y jamón.

¡Pero lo que más lo entusiasmó, eran las armas que había en el armario! Las tomó todas, y las municiones que había en los cajones del mueble.

Y buscó las llaves de la camioneta. El llavero traía el emblema de Toyota.

Buscó el apagador, apagó la luz, cerró la puerta, colocando un papel, doblado varias veces, para que hiciera presión, pues había roto la chapa y se dirigió hacia la camioneta, con su carga de objetos y algo de dinero, robados.

La arrancó, sin problemas, celebrando que estuviera tan bien del motor.

“Está chingona la camionetita”, murmuró, colocando la palanca en posición de Drive.

Luego, apretó el acelerador, alejándose lo antes posible del sitio, muy contento de que todo, hasta ese momento, hubiera salido tan bien.

Y ningún remordimiento sentía. Su vida criminal y en la prisión, lo habían endurecido tanto, que el haber matado, a sangre fría, a cinco “gringos”, no le ocasionaba el más mínimo escozor.

“Ni pedo, eran esos cabrones o yo”, reflexionó…

 

***

A esa misma hora Jeff trató de comunicarse con su padre.

No lo logró.

Ni tampoco con los celulares de sus hijos.

-Nadie me contesta, Melanie – le comentó a su esposa, mientras miraban una película, Doctor Strange, en Disney +.

-Ya ves cómo es tu padre, que prefiere aislarse.

Jeff, estuvo de acuerdo. Tomó un puñado de las palomitas de caramelo, que se habían preparado, y continuó viendo la película…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

 

El sheriff Andy Kahan, vio pasar la camioneta Toyota, conducida por Gonzalo, a más de cien millas por hora.

Eran más de las dos de la mañana.

De inmediato, accionó la sirena y se dio a perseguir a tan alocado conductor.

“Seguramente, el tipo tiene prisa”, pensó, mientras los estresantes aullidos de la sirena, alarmaban a todos los otros automovilistas, pocos, que la iban escuchando…

Gonzalo vio, por el retrovisor, a la patrulla.

Aceleró todo lo que pudo. No estaba dispuesto a dejarse atrapar nuevamente, menos, con lo que acababa de hacer.

Como viera que la patrulla lo seguía muy de cerca, no dudo en tomar uno de los revólveres que había robado, un Smith & Wesson, M&P M2.0, el cual, horas antes, había verificado que estaba bien cargado.

Sacó la mano derecha y se puso a disparar a la patrulla, con la esperanza de darle un tiro…

Andy, vio cómo un par de tiros, se incrustaban en el parabrisas, pero, por suerte, no le habían atinado.

De inmediato, desaceleró la unidad, para mantenerse a alguna distancia.

Tomó el radio y pidió refuerzos:

-Aquí, la unidad 205, persiguiendo a un hombre armado y peligroso, que va conduciendo una camioneta blanca, que hizo varios disparos, en la carretera 37, a la altura de Valero. Envíen refuerzos, urgentemente, repito, envíen refuerzos…

Se mantuvo a cierta distancia de la Toyota.

 

***

 

Ya, avisadas, cinco patrullas, se fueron acercando al sitio en donde intersectarían a la perseguida Toyota.

Gonzalo advirtió, cerca de un crucero, las torretas encendidas de esas patrullas, pero no se amedrentó.

Aceleró cuanto pudo.

Los policías, ya lo esperaban, fuera de sus autos, con los rifles apuntando.

Andy, entonces, también aceleró, sacó su pistola y comenzó a disparar al perseguido vehículo, con tal de no dar tiempo a que el agresor volviera a dispararle a él.

Gonzalo, se dio cuenta de que sería una pérdida de tiempo volver a disparar a la patrulla, sobre todo, cuando ya se acercaba a la intersección.

-¡Tiren a matar! – fue la orden que dio el sheriff Andy por el radio, pues era el protocolo, cuando el agresor los atacaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

Los disparos, fueron certeros.

Gonzalo, recibió un impacto en el brazo izquierdo. Viró bruscamente y, unos cien metros más adelante, fue a estrellarse contra un poste de un espectacular.

De inmediato, las patrullas se acercaron.

Gonzalo bajó, como pudo, de la camioneta, empuñando el arma, soltando unos disparos, empeñado en no dejarse atrapar o a morir, si era necesario…

De todos modos, era penosa ya su situación. Para qué alargar lo que sería una muerte segura en la cámara de gas…

Los policías, se detuvieron, salieron de los vehículos, empuñando de nuevo sus rifles y tiraron a matar al fugitivo, al que encandilaron con los potentes reflectores que le dirigieron al rostro…

Gonzalo cayó, agonizante.

Su último recuerdo, antes de morir, fue el rostro lloroso, suplicante, de Bryson…

 

FIN

 

Tenochtitlan, 5 de junio de 2022

(De la colección: Cuentos de una sentada, pospandemia)

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