Chocolates...Cuento por Adán Salgado

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ILUSTRACIÒN: VIRIDIANA PICHARDO JIMÈNEZ.

 

CHOCOLATES

(inspirado en tristes hechos reales)

 POR ADÁN SALGADO ANDRADE

 

Patricia Borges nadaba en ese mar chocolatoso.

Era maravilloso, pues le recordaba a la película Charlie y la fábrica de chocolates, que tanto le gustaba. Se sentía Charlie, el que se había ganado un concurso para recorrer la fábrica.

Ah, y esa fuente de chocolate… ¡cómo le hizo reír una escena en donde uno de los niños problemáticos se cae allí!

Sí, el chico, todo embarrado de chocolate, sacó su cabeza de entre el líquido café, totalmente cubierta…

Así, como ella en ese momento, que nadaba y nadaba y no llegaba a la ¿orilla?...

Bueno, a lo que fuera que pudiera permitirle respirar, pues sentía que se le acababa el aire. A pesar de que era tan sabroso ese chocolate, no podía estarlo deglutiendo y deglutiendo todo el tiempo…

No, no, debía de alcanzar tierra firme, a como diera lugar…

Tenía que seguir nadando, nadando… 

 

 

II

 

Patricia tenía cuatro años de laborar en esa fábrica de chocolates, la R.M. Palmer Co., que estaba en Palmer, un pequeño poblado, a unas dos horas de la ciudad de Filadelfia, en el estado de Pensilvania.

A Estados Unidos, llegó cuando tenía 19 años, hacía 31, así que a sus 50, “ya era más gringa que mexicana”, le decía su familia. Pero ella lo negaba. “Ni inglés hablo bien, así que no, sigo siendo bien mexicana, poblana, a mucha honra”.

De hecho, como siempre había trabajado en empleos blue collar, como les llamaban a los de obreros, Patricia, no había pasado de vivir regularmente, con deudas todo el tiempo. Su esposo manejaba un Uber y sus dos hijos – una niña de 14 y un chico de 16 años – todavía estaban en la high school, así que todavía no tenía que preocuparse por el pago de las altas colegiaturas del college, como se le llamaba a la universidad. “Ay, hijos, ojalá que el señor Biden logre que ya no se cobre en las universidades o que les den becas”, les decía varias veces, los domingos, por la mañana, que era cuando se reunía toda la familia a desayunar, pues el resto de la semana, por las doce horas que manejaba Javier, su esposo, poblano también, el trabajo de ella, más las tareas de Estela y Jorge, los hijos – eran muy, pero muy dedicados al estudio, justamente para ver si les daban becas en la universidad –, no se hacía tan fácil la convivencia. Además, Patricia todavía tenía que llegar a preparar la cena y hacer algunas compras en el súper

Por más que había aspirado a cargos mayores, como supervisora, por ejemplo, por su falta de instrucción – “yo, sólo tengo la secundaria”, decía, cuando la entrevistaban para algún empleo, debiendo aclarar que la secundaria era como el middle high school –, sólo le habían dado empleo como obrera, a pesar de que tenía bastante experiencia ya, pues había trabajado en distintas empresas durante años.

Había pensado, como le habían recomendado, estudiar un boot camp, de esos cursos que enseñaban habilidades en software, pero eran muy caros, unos diez mil dólares el más barato. Y debiendo pagar tres mil quinientos dólares de renta, los pagos del Uber de Javier, la cara comida, los gastos de escolares… no, vivían al día. Imposible estudiar algo así.

Que, de todos modos, ni tiempo tenía, trabajando de las ocho de la mañana hasta las seis o más de la tarde, pues siempre había que dejar todo limpio, porque los supervisores, que eran muy estrictos, cuidaban que todo el material, las máquinas, los uniformes… estuvieran impecables. “No por nada, tenemos 75 años trabajando, porque cuidamos que se hagan muy bien las cosas, compañeras y compañeros”, les decía el gerente, James, un rubio de 35 años, nieto de los fundadores de la fábrica, cada lunes por las mañanas, cuando les impartía una plática motivacional.

Ni modo, Patricia se tenía que conformar con los 15 dólares la hora que le pagaban, 150 diarios, por las diez horas “formales”, porque podían alargarse a once o hasta doce, muchas veces. Sólo por la necesidad se había aguantado… ¡ah!, y porque durante la pandemia, no las habían despedido, pero sólo les habían pagado medio salario, durante seis meses, que fue cuanto duró cerrada la empresa. “Al menos tuvieron ese detalle”, les decía a Javier y a sus hijos. Gracias a ese magro salario y a los pocos viajes que hacía Jorge en su Uber, pudieron sortear ese difícil periodo.

Todo eso pensaba Patricia, mientras estaba revisando la máquina para preparar las distintas mezclas de chocolate, que ella operaba. Estaba subida en una escalera, para verificar unos medidores.

De repente, sintió un fuerte olor a gas.

Su amiga Judith, una paisana de Oaxaca, encargada de la máquina de empaquetado, se acercó:

-Oye, Paty, ¿no hueles a gas?

-Sí, manita, muy fuerte… hay que decirle a James…

-No está, pero está Pedro – respondió Judith.

-Ah, pues vamos a decirle – dijo Patricia, mientras bajaba de la escalera.

De inmediato, fueron a una oficina que estaba al fondo de la fábrica.

Tocaron.

-Adelante – se escuchó una voz latina responder, en un español apochado, pues casi todos los empleados de R.M. Palmer eran latinos, mexicanos, la mayoría – “cheap labor”, les bromeaba James.

Patricia abrió la puerta. Entró a la habitación en donde Pedro, un michoacano de unos 45 años, revisaba cosas en la computadora.

-Díganme, chicas…

-Oye, Pedro, fíjate que huele mucho a gas, pero mucho – dijo Judith.

-Sí, hasta pica la nariz – secundó Patricia.

Judith se distinguía por su aplomo, no se dejaba.

-Ah – dijo Pedro, abstraído por un informe financiero de la empresa.

-Pero mucho, Pedro, mira… ya hasta aquí huele… ¿¡no hueles!? – volvió a insistir Judith – Yo creo que deberías de suspender la producción hasta que revisen, ¿no?, porque qué tal si hay una fuga.

-Huy, pero ya ven que no está James y sólo él, es el que puede ordenar suspensión de actividades. Y es que urgen los chocolates, porque hay muchos pedidos…

-¡Ay, Pedro, pero huele mucho… nada más ven afuera, para que veas! – insistía Judith, algo exigente ya. Le decían que tenía madera para ser líder sindical. “No creo, pero no hay que dejarse”, decía, modesta.

-Pues abran las puertas y ventanas… – fue la sorprendente “sugerencia” de Pedro.

Judith y Patricia se miraron, desconcertadas, cabeceando.

-No, Pedro, huele mucho.. mejor paramos – volvió a la carga Judith, secundada por la afirmación de Patricia.

-¡Noooo!... ya les dije que hasta que llegue James… ya no ha de tardar…

-¿Por qué no le hablas? – sugirió Patricia.

-Siempre trae apagado su celular, porque dice que no le gusta que lo molesten…

-¡Pues inténtalo! – exigió Judith.

Pedro tomó su celular, lo puso en altavoz y marcó.

-The number you dialed is unavailable – se escuchó la voz que decía que el número no estaba disponible.

Pedro se les quedó mirando, encogiendo los hombros, como diciendo, “ven, se los dije”

-¡Ay, Pedro, a ver si no pasa algo por tu culpa! – exclamó Judith, enojada de la pusilanimidad de Pedro, incapaz de tomar decisiones tan importantes como esa, con tal de no hacer enojar a su “patrón” James. No dejaba de ser un pinche mexicano agachón.

Salieron las dos de la oficina, notando todavía más fuerte el olor picoso del gas.

-¡Pinche Pedro! – refunfuñó Judith.

-¡Ya, manita, ni hagas coraje… ya ves que así es!

Judith se dirigió a la máquina de empaquetado y Patricia subió de nuevo la escalera, para continuar con la revisión de los controles de la máquina mezcladora…

 

 

III

 

Patricia había visto a lo lejos una balsa…

Perecía que algunas personas iban sobre ella…

Quizá podrían ayudarla si les gritaba…

Y así comenzó a hacerlo:

-¡Ayúdenme, por favor, me ahogo, me ahogo! – gritó con todas sus fuerzas. No le desagradaba tanto chocolate, sólo que no quería morir ahogada de una enchocolatada

-¡AYÚIDENME, POR FAVOR!...

 

 

IV

 

Patricia anotaba en la bitácora las mediciones de la presión, la temperatura, el consumo eléctrico y otras medidas, que certificaban que la máquina funcionara correctamente.

Pero tanto olor a gas, ya hasta la estaba atontando…

-¡Oye, Paty, hay que parar, no me importa lo que diga el pendejo de Pedro y su pinche Jefe!... – gritó Judith, acercándose a donde estaba la poblana.

-Sí, manita, ya no se aguanta el olor – asintió Patricia, mientras también se acercaban las otras trabajadoras – “more manageable” decía James, pues, para él, las mujeres eran más dóciles y fáciles de mandar y por eso contrataba como obreros a puras chicas –, animadas por Judith.

Estaba Patricia por bajar las escaleras, cuando una brutal explosión cimbró el sitio, despedazándolo todo, mobiliario y trabajadoras, seguida de una expansiva ola de infernales llamas, que en fracciones de segundo, envolvieron todo el sitio…

 

 

V

 

Por fin, Patricia llegó, como pudo, a la providencial balsa…

Unas manos salvadoras la sujetaron de los brazos y la subieron…

Finalmente, pudo respirar…

Sí, ya respiraba…

Despertó de su inconsciencia y de ese… entre sueño y pesadilla

Los bomberos, luego de varias horas, habían dado con el sótano de la fábrica, en donde se hallaba un contenedor de chocolate liquido y otras instalaciones…

En ese contenedor, por fortuna, había caído Patricia, pues el piso en donde estaba parada, se había colapsado luego de la explosión…

El estallido la había dejado inconsciente. Por eso, ni sintió cómo el brazo derecho ardía por las llamas, además de que por la caída de tres metros, se había fracturado la clavícula derecha y ambos tobillos…

Pero el chocolate líquido, finalmente, la había salvado…

Sin embargo, los potentes chorros de agua expulsados por las mangueras de los bomberos, estaban inundando el sitio. El contenedor del chocolate, se estaba colmando con esa agua, lo que había casi cubierto por completo la cara de Patricia, quien yacía acostada, sin sentido. Pero, por el instinto de sobrevivencia, inconscientemente, apenas si podía levantar la cara, lo que correspondía con su braceo, tratando de llegar a la lancha, de su sueño-pesadilla…

Justo cuando los de la lancha, le tendieron los brazos salvadores, fue que despertó.

Los bomberos ya la estaban rescatando.

-This woman is still breathing, call an ambulance, hurry up! – se escuchó gritar a uno de los bomberos, un caucásico de unos 40 años, mientras la sujetaba, con mucha delicadeza, junto con otros dos compañeros.

Patricia apenas si podía abrir los ojos, enchocolatada como estaba.

Pero trató de agradecerles a los bomberos el haberla rescatado con vida, mirándolos fijamente…

Y de cómo se sentía, no tan mal, pensó que sobreviviría…

 

 

VI

 

Patricia despertó en la limpia habitación del hospital, en donde ya llevaba tres días, convaleciente.

Sus hijos, su esposo, varios familiares y amigos, la habían visitado apenas el día anterior, que ya había estado en condiciones de recibirlos, “just a few minutes, please. She’s still weak”, como les había indicado la enfermera, una afroestadounidense, muy amable.

Ya la habían operado de los tobillos y de la clavícula.

Su familia le dijo que habían organizado una campaña de Go Fund Me, con tal de recabar fondos para sufragar las costosas operaciones que seguiría teniendo durante los siguientes meses.

Y también le dijeron que, excepto ella, todos habían muerto…

Comenzó a llorar, como había estado haciendo, desde que lo supo, al recordar a todas sus compañeras, pero especialmente a Judith, a la que más quería…

Un muy sentido llanto le ahogaba el pecho. Pensó en la familia de Judith, sus niños “chiquitos”, de 4 y 6 años. Y su esposo, Manuel, que tan bueno era con ella.

Recordó, con coraje, tristeza y amargura, cómo le habían rogado a Pedro que suspendiera actividades y que ese “pinche putote” no había querido, por miedo a James…

¡A ver, de qué le había servido si, con perdón de Dios, ya estaba muerto!...

Y también pensó en James, quien siempre llegaba en su BMW y que decían que tenía una casa “muy grandota y bonita”…

¡Sí, a costa de que las tenían rompiéndose el espinazo todos los días!...

¡Y de que por tenerlas tan explotadas, ya hasta las habían matado, por no parar la maldita producción!...

¡Sí, se veía que estaban primero los malditos chocolates – con el perdón de Charlie –, que la vida de ellas!...

Pero los iba a demandar, sí, haría una class action, una demanda colectiva, junto con las familias de todas las pobres trabajadoras que habían muerto…

Eso mismo hubiera hecho su querida amiga Judith.

¡Ya era hora de soltarse las amarras, bastaba de vivir siempre a la sombra de gringos explotadores!…

-¡Por ti, manita, por ti, me los voy a chingar! – murmuró, mientras entre tristes sollozos, el sueño comenzó a apoderarse de ella…

 

 

VII

 

Judith y Patricia iban en la parte delantera de la embarcación de motor.

Las otras amigas, compañeras de la fábrica de chocolates, iban distribuidas por toda la lancha.

Judith iba manejando.

Aguas chocolatosas las rodeaban.

Y gaviotas, también de chocolate, sobrevolaban al grupo.

-¿Qué les parece el paseo, chicas? – preguntó Judith, muy contenta.

-¡Maravilloso! – contestaron a coro, junto con Patricia.

Patricia le palmeó la espalda:

-Ay, sí, manita, ya nos hacía falta un paseíto…

 

FIN

 

Tenochtitlan a 23 de abril de 2023

De la colección: cuentos de una sentada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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